Después de una semana de tormenta por cabeza, tras miles intentos del predominio de un color en mi interior que luchaba por salir, nunca supe distinguir la mayoría de dad de ninguno de ellos. Todos me resultaban vagos recuerdos de mi pasado que me enclaustraban en una situación insostenible.
Hoy, por fin, silencio, paz blanco. Ha sido en medio de un estruendo de sonidos que al cerrar los ojos aún recudo cómo relucen. Hoy soy el Leo que escribe a una Beatrice débil y apagada que no tiene fuerzas para hacerlo sola.
Blanco. Sólo podía pensar en blanco. Es curioso como al cerrar los ojos, o mejor aún, al pensar que los cerraba veía la nada y el todo, el ruido con sonido, la gente en el vacío, la amistad frente al olvido. Una copa de vino en la mano de una joven me recordaba como el tiempo pasa, y tal y como dice Goethe: Der Junge wird alt. El olor del lugar era diferente a lo habitual, ya que en Pamplona por ahora se respetan los espacios sin humo. Sin embargo existía esa medio neblina que se eliminaba cuando enfocabas los ojos en cada uno de los músicos, o mejor dicho, en sus manos, que se deslizaban suavemente al compás en la música. Estaban flotando sin moverse.
Y yo? Me sentí levitar, o eso me decían mis amigas que parecía. Aquellos sonidos me permitieron ver el blanco que llevo buscando toda la semana. El blanco que silenció mi cabeza y la calmó para dejar lugar a lo que en ese momento era importante, o mejor dicho, lo único para lo que tenía cabeza.
La percusión animaba el ambiente, le daba esa proximidad al sur, a mi África particular y que se asemejaba a esa caja flamenca que tanto extraño. Por un momento se saboreaba el calor del ambiente, no sé si por la gente, por la música, por los tambores, o simplemente porque algo se encendía en mi interior. Un algo que se mantuvo al menos unos minutos y que me hizo olvidar todo.
Miré a mi alrededor y había un chico en cuyos ojos se reflejaba el sonido, se reflejaba la belleza de los instrumentos, estaba anonadado. Luego mi debate comenzó: no fui capaz de decantarme por uno de los instrumentos. Observaba el contrabajo y me enamoraba de su fuerza y gravedad, miraba los bongos y eran como dos hermanos gemelos que se pelean cariñosamente por llegar los primeros, me recordaba a esos taconazos que en algún día di. El saxo enamoraba con su sonido, te captaba la atención y modulaba el viento como una especie de ola que viene y va pero a distintas frecuencias, sorprendiendo en cada sonido y haciendo imprevisible el siguiente. Las trompetas, una sencillez hipercomplicada basada en la conjugación de tres teclas, que suenan como mil a la vez. El piano, tan dulce pero tan activo en esta situación, daba un trasfondo adecuado para el resto del equipo, sin él nada tendría sentido. Por último la batería, que cuyos personajes cambiantes dedicaban un tono por platillo, un roce en sus tambores (perdonen la nomenclatura)…
Parece ser que el mundo se descomplica cuando menos te lo esperas. Solo te hace falta hablar con uno o un par de buenos amigos, que te escuchan y sufren por ti. Que te apoyan como hermanos y que te defienden frente a crueldades e injusticias humanas. Gracias por ser enviados, yo me alegro de recibiros.
¿cómo reconociste en mi mueca de sonrisa lo que pretendía decir? La gente me sorprende, la gente me fascina. Cuando menos te lo esperas están, unos legan otros se van. Lo importante es el cambio que crea en nosotros mismos.
Hoy me acuesto con silencio en mi cabeza, Leo ha sido capaz de hablar. Beatriz se ha mantenido callada asintiendo. Parece ser que cada vez se ponen más de acuerdo.
Jazz: hoy te debo mi vida
Increible... te quiero dejar una canción, pero ahora estoy en clase y no puedo buscarla... recuérdame la canción luego, es importante! :)
ResponderEliminarIncreible de verdad :)